Duskfade recupera el espíritu de los plataformas 3D de la era de PlayStation 2 con mundos extensos, movimiento ágil y mucho cariño por sus personajes. Su encanto es genuino, aunque varios problemas de combate, progresión y variedad le impiden estar a la altura de los clásicos que lo inspiraron.
En una industria cada vez más dispuesta a refugiarse en remakes y remasterizaciones, los estudios independientes tienen otra forma de mirar al pasado: recuperar las sensaciones de una época sin contar con una franquicia conocida que haga todo el trabajo. Duskfade pertenece orgullosamente a esa categoría. No oculta su devoción por los juegos de plataformas y los collectathons de los años 2000; prácticamente quiere que imaginemos su portada dentro de una caja azul de PlayStation 2.
El tiempo como escenario, no como límite
La historia sigue a Zirian, descendiente de los antiguos Clockmakers, durante su viaje hacia la Torre del Tiempo para rescatar a su hermana. La premisa cumple su función como excusa para avanzar de un mundo al siguiente, pero difícilmente será el motivo por el que alguien recuerde el juego.
Al menos, Duskfade se toma en serio su presentación. Las escenas están completamente animadas en lugar de recurrir a ilustraciones estáticas, aunque las expresiones faciales no siempre acompañan el esfuerzo. Los ojos inexpresivos de Zirian llegan a resultar involuntariamente perturbadores, detalle aún más curioso cuando casi todos los demás personajes llevan máscaras, tienen el rostro cubierto o directamente son criaturas fantásticas. Fuera de ese pequeño portal al vacío existencial, las animaciones transmiten mucha personalidad y recuerdan aquella época en la que cada protagonista parecía estar audicionando para convertirse en la próxima mascota de una compañía.
Saltar es el verdadero protagonista
El movimiento es uno de los mayores aciertos. Zirian puede encadenar un doble salto con un impulso hacia delante que funciona casi como un triple salto. Recorrer grandes distancias resulta fantástico, aunque al principio es fácil emocionarse, calcular mal y pasar de largo la plataforma.
Los escenarios son enormes, coloridos y están repletos de rutas secundarias, secretos y shards. Explorar una esquina sospechosa casi siempre ofrece alguna recompensa, aunque solo sea un puñado de monedas por completar correctamente un desafío plataformero. Estas secciones representan aproximadamente dos tercios de la experiencia y muestran claramente el cariño del estudio por juegos como Sly Cooper y A Hat in Time. Las habilidades obtenidas más adelante también permiten acceder a zonas previamente cerradas, por lo que quienes aspiren a completar el juego al 100 % tendrán que revisitar algunos escenarios.
Las grietas detrás del encanto
Casi todos los aciertos de Duskfade vienen acompañados por una pequeña frustración. El salto especial sirve mejor para avanzar que para ganar altura. Si Zirian resbala de un risco, regresar a la plataforma puede ser sorprendentemente difícil. En algunos niveles perdí más salud enfrentándome a la gravedad que a los enemigos.
El combate tampoco ayuda demasiado. Su fórmula consiste en fijar un objetivo, esquivar y presionar repetidamente el botón de ataque, introduciendo ocasionalmente alguna habilidad especial. El problema aparece frente a grupos: el sistema parece tener una inexplicable preferencia por seleccionar al enemigo más lejano. Es posible cambiar de objetivo, pero normalmente resulta más práctico perseguir al que el juego ya eligió y aceptar la derrota burocrática.
También existe un desequilibrio evidente en la economía. Los niveles entregan tantos shards que, al desbloquear nuevos objetos en la tienda, podía comprarlos todos inmediatamente. Después llegaban varias horas sin decisiones, mejoras ni una sensación real de progreso.
La variedad de enemigos es mucho más sólida en lo mecánico que en lo visual. Algunos son fuertes pero lentos, otros atacan a distancia y también aparecen criaturas invulnerables hasta que se rompe su defensa con un ataque pesado. El problema es que casi todos comparten la apariencia de masas gelatinosas formadas por oscuridad. Como resultado, encuentros que exigen estrategias diferentes terminan pareciéndose más repetitivos de lo que realmente son.
Veredicto: 7/10 (pero es un 7 hecho con cariño)
Duskfade entiende perfectamente qué recuerdos quiere despertar y, durante sus mejores momentos, consigue convertir esa nostalgia en algo genuinamente divertido. Su movimiento satisfactorio y sus mundos llenos de secretos sostienen una aventura entrañable, mientras que la selección errática de objetivos, la progresión desequilibrada y la uniformidad visual de sus enemigos frenan parte de su impulso. Quizá no termine compartiendo pedestal con sus referentes, pero puede ganarse un lugar cerca de ellos en la memoria de quienes todavía extrañan este tipo de aventura.