The Sinking City 2 cambia la investigación del original por un survival horror breve y algo tosco, pero su atmósfera y la escasez de recursos lo hacen difícil de soltar.
Comparar The Sinking City 2 con Resident Evil resulta inevitable. No solo adopta la fórmula de survival horror que la saga de Capcom perfeccionó con su cuarta entrega y sus remakes modernos, sino que también juega con muchas de sus herramientas favoritas: inventario limitado, munición escasa, escenarios que se abren poco a poco y monstruos que a veces conviene esquivar. La diferencia es que esta visita a Arkham dura bastante menos. Mi partida terminó en apenas siete horas, justo ese punto en el que aparece la incómoda pregunta de si un juego corto puede justificar su precio.
La respuesta depende de cuánto valoremos una experiencia concentrada. Frogwares desarrolló el juego en Ucrania durante la guerra, una circunstancia extraordinaria que merece ser reconocida, aunque tampoco debería funcionar como escudo ante cualquier crítica. Juzgado simplemente por lo que ofrece, The Sinking City 2 es un título modesto, consciente de sus límites y lo bastante entretenido como para que su brevedad termine jugando a su favor.
Un rescate directo al corazón de la pesadilla
La historia sigue a Calvin Rafferty, un aventurero que llega a una Arkham parcialmente sumergida para salvar a su esposa, cuyo espíritu ha quedado atrapado en otro plano. Su búsqueda lo enfrenta a cadáveres reanimados, criaturas marinas y horrores cósmicos que parecen haber escapado de los escritos de H. P. Lovecraft. Las referencias a sus relatos, criaturas y dioses antiguos son constantes, aunque el juego no exige haberse leído una biblioteca completa del autor para entender su mundo.
A diferencia de la primera entrega, aquí la investigación deja de ser el plato principal. Los casos opcionales sirven sobre todo para conseguir recursos, mejoras y nuevas ventajas, mientras que conectar correctamente las pistas en la planilla de investigación otorga puntos de talento. El problema es que el juego nunca me explicó claramente esta última mecánica, así que la descubrí después de haber superado más de la mitad de la campaña. Por suerte, los talentos tampoco cambian demasiado la experiencia, pero habría agradecido que Arkham me entregara el manual antes de intentar devorarme.
Menos detective, más escopeta
El arsenal también es reducido: hay cinco armas y apenas dos mejoras para cada una. En una aventura de veinte horas, esa falta de variedad podría convertirse en un problema; dentro de una campaña tan compacta, apenas tiene tiempo de hacerse notar. El combate conserva su frescura hasta el final porque The Sinking City 2 se retira antes de comenzar a repetirse.
Los niveles semiabiertos recuerdan por momentos a The Evil Within 2. Cada zona permite explorar edificios, desbloquear habitaciones y desviarse del camino principal en busca de munición o recompensas. El inventario, en cambio, se acerca más al primer Resident Evil que al famoso maletín de Resident Evil 4: el espacio importa y cada bala gastada obliga a reconsiderar lo que podría esperarnos tras la siguiente puerta.
Incluso en dificultad media, las primeras horas consiguieron ponerme nervioso. La munición es tan limitada al comienzo que tuve que abandonar enemigos en varias habitaciones y aprender a elegir mis peleas. El gunplay no reinventa nada, pero se siente contundente y cumple con la regla más importante del survival horror: disparar debe aliviar el peligro inmediato mientras crea otro problema para más adelante.
Arkham sabe cómo meterse en tu cabeza
La atmósfera es, sin discusión, el gran triunfo del juego. Algunos modelos y animaciones parecen invitados especiales de Garry’s Mod, pero el diseño de los escenarios, la iluminación y el sonido compensan buena parte de esa falta de pulido. El chirrido de una puerta logró hacerme girar más de una vez, convencido de que algo se acercaba por detrás.
El terror lovecraftiano depende menos del susto repentino que de sembrar dudas en la mente del jugador, y The Sinking City 2 entiende esa diferencia. No manipula la percepción con la inventiva de Eternal Darkness: Sanity’s Requiem, pero sí convierte cada pasillo oscuro en una pequeña prueba de paranoia. El juego no necesita colocar un monstruo detrás de cada esquina; le basta con hacerte creer que podría haber uno.
Un héroe de acción en el fin del mundo
Calvin aporta una ligereza inesperada a una historia que, de otro modo, podría haberse ahogado en su propia solemnidad. Su personalidad mezcla al explorador aventurero de Indiana Jones con el héroe de acción que siempre tiene una respuesta preparada. Es un cliché y en ocasiones choca con la gravedad habitual de los personajes lovecraftianos, pero su carisma termina resultando refrescante.
La historia pierde claridad durante el tramo final. Los dioses antiguos funcionan como antagonistas silenciosos, por lo que gran parte de la exposición queda repartida entre Calvin y su esposa. Ambos llegan a ciertas conclusiones mediante la magia y las conexiones con el otro plano, aunque el jugador no siempre recibe la información necesaria para seguir el mismo razonamiento. El misterio funciona mejor cuando nos invita a completar los espacios vacíos; aquí, en algunos momentos, da la impresión de que faltan páginas enteras.
Para quienes disfrutan completando cada logro, la campaña ofrece además un objetivo bastante accesible. Conseguirlo todo requiere más de una partida, pero siete horas hacen que repetir la aventura no parezca una condena dictada por Cthulhu.
Veredicto: 7/10
The Sinking City 2 es un survival horror sencillo, efectivo y sorprendentemente divertido. Su arsenal limitado, sus animaciones irregulares y una narrativa demasiado confusa cerca del desenlace le impiden llegar más lejos, pero acierta en lo verdaderamente importante: atmósfera, exploración, control de recursos y combates que mantienen la tensión. No reemplazará a Resident Evil, pero funciona perfectamente como ese parche que calma la adicción mientras esperamos la próxima dosis.